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título IV Congreso CIL 2025
fechas IV Congreso CIL

CASTILLOS DE CÓRDOBA

Castillo de Almodóvar del Río

Desde 2021, el castillo de Almodóvar del Río, en el Valle Medio del Guadalquivir, nos ofrece una vibrante lección de historia y patrimonio. Construido en el siglo VIII y restaurado por Adolfo Fernández Casanova en el siglo XX, fue baluarte del califato de Abderramán III en 929, y testigo de almorávides, almohades y tropas cristianas como las de Fernando III en 1236. Su ubicación estratégica junto al  Guadalquivir atrajo a reyes cristianos como Pedro I, que, según la leyenda, escondió allí sus tesoros.

Hoy presume de nueve torres, cinco de las cuales se construyeron en el siglo XIV, destacando la del Homenaje, de 33 metros, reconocible por los fans de Juego de Tronos.

También fue cárcel, albergando presos como Fadrique de Castilla en 1414. Aunque su fortaleza resistió siglos, el tiempo lo deterioró hasta su restauración, impulsada por el XII conde de Torralva, Rafael Desmaissieres. Inspirándose en Viollet-le-Duc, se incorporaron elementos como la Torre Pequeña y se rehabilitaron los aljibes.

Hoy, el castillo es escenario de actividades como Jornadas Medievales, Noches de Luna Negra, almuerzos medievales y entrenamientos de combate, atrayendo visitantes durante todo el año.

Castillo de Palma del Río

El recinto amurallado de este municipio del Valle Medio del Guadalquivir es una joya en su género. Declarado Bien de Interés Cultural, comprendía un castillo o alcazaba almohade del siglo XII, en el extremo noroeste del recinto, que asistió a las luchas entre musulmanes y cristianos. A la sazón, el lugar se llamaba Balma, de acuerdo con una referencia de Ibn Sahib al-Sala fechada en 1173. Unas décadas después, en 1241, la plaza fue conquistada por Fernando III el Santo, y, ya en el siglo XIV, el rey Pedro I donó tanto el castillo como la villa a Ambrosio Bocanegra, hijo del almirante Micer Egidio Bocanegra.

Todavía hoy persisten, y en buen estado, los torreones de su cerca medieval, la mayoría de planta rectangular. Sin embargo, apenas quedan restos del castillo, ya que fue abandonado a su suerte como residencia nobiliaria allá por el siglo XVI.

Sabemos, eso sí, que era de planta irregular y que disponía de cinco torres cuadrangulares. El mayor torreón, la Mesa de San Pedro, se ha identificado con la torre del homenaje.

En su día, dos accesos franqueaban la entrada al interior del recinto amurallado: la puerta que hoy llamamos del Arquito Quemado –junto a la que se alza una torre de planta poligonal–, y la del Sol, de acceso con recodo, que ha sido recuperada a comienzos del presente siglo.

Castillo de Belmez

Desde el siglo XIII, este faro de piedra lleva dominando la comarca del Alto Guadiato desde un cerro de roca caliza, como si retara a sus visitantes a conquistarlo. Para ello, es preciso subir una escalinata que lleva el nombre del alcalde Rafael Canalejo Cantero y una rampa escalonada de cuatro tramos. La recompensa, situada a más de 560 metros de altitud, es inolvidable.

De planta casi rectangular y orientada de Este a Oeste, la fortaleza mantiene seis torres semicilíndricas, cubiertas con bóveda de ladrillo y almenadas. Entre ellas, la del homenaje, al norte de la plaza de Armas, lugar donde se distingue también un aljibe conocido como “pisada de caballo”. El ascenso a la torre del homenaje, de 11 metros de altura, nos regala vistas de Sierra Palacios, Sierra Boyera, el lago de una explotación minera y las localidades de Fuente Obejuna, Peñarroya y Espiel.

Fortificado por los franceses durante la guerra de la Independencia, fue después abandonado y, en parte, destruido; y, hasta la primera mitad del siglo XX, las águilas se enseñorearon de sus ruinas. En 1954 el arquitecto Félix Hernández procedió a su restauración. Su última intervención, en 2013, mejoró la iluminación nocturna y dispuso una serie de carteles explicativos de los que podemos aprender en cualquier momento del día.

Castillo de Castro del Río

El Barrio de la Villa, la zona más alta de la localidad, mudó su fisonomía en el siglo XIII con un recinto amurallado almohade al que, en el siglo XIV, los cristianos adosaron un castillo en uno de sus extremos, que custodiaba la puerta de Martos.

No se puede decir, por tanto, que Castro del Río mienta sobre su nombre: vigía de la campiña que lo circunda, un meandro del río Guadajoz hace las veces de su escudero. ¿Y qué hay que ver en su interior? Pues mucho y muy bueno. Para empezar, sus torres, tres prismáticas y una cilíndrica –esta última, ochavada en su interior–, unidas por sus lienzos y, salvo la del homenaje, desmochadas. Para continuar, las mazmorras y un aljibe de 80 m3 de capacidad, que muy pronto será restaurado. Y, para finalizar, un generoso patio de armas, de 25 x 20 metros, que los aficionados al teatro conocen bien por la muestra veraniega que tiene lugar en él.

Declarado Bien de Interés Cultural, se accede por una puerta de arco de medio punto. Y, al igual que otras localidades de la Campiña, Castro del Río tiene su anecdotario cervantino: fue aquí donde al padre del Quijote le notificaron una sentencia de arresto por su mala praxis como comisario real de abastos.

Castillo de Espejo

En el principio fue un oppidum íbero y, a partir del siglo XIII, una fortaleza concebida por el señor de Espejo Pay Arias de Castro, fundador de la villa, alcaide del Alcázar de Córdoba y portero mayor del rey en Andalucía. No obstante, en su mayor parte, las obras se ejecutaron durante el siglo XV.

De forma rectangular –casi cuadrada–, lo flanquean cuatro torres almenadas y, en su interior, nos recibe un patio central con aljibe. No faltan unas mazmorras en la torre del homenaje, la más alta de todas, que nos exige subir por una estrecha escalera de piedra para coronarla. Desde ahí, Montilla, Montemayor, Fernán Núñez, Castro del Río y Bujalance se tienden a nuestros pies, y nada más fácil, entonces, que sentirnos los reyes de la creación; no en vano, nos encontramos en la cota más alta de la Campiña Cordobesa, a más de 400 metros sobre el nivel del mar.

El interior es muy rico, con un valioso muestrario militar histórico (armas de la Guerra Civil, sombreros de época napoleónica, retratos y fotografías…) y una biblioteca que, desde el siglo XIX, custodia la Casa de Osuna, propietaria del castillo. El mirador de la reina Juana, con excepcionales vistas del entorno, lleva ese nombre por Juana I de Castilla, quien, según se dice, pernoctó aquí en un viaje que hizo a Granada o Sevilla.

Castillo de Belalcázar

Impresiona en esta fortaleza de estilo gótico-militar su torre del homenaje, la más alta de España, con 47 metros, ornamentada sin escatimar medios. Impresiona, en realidad, todo el conjunto, al norte de un tranquilo enclave en pleno corazón de Los Pedroches, que, sin duda, no sería el mismo sin su “bello alcázar”.

Su construcción se inició en 1450 y concluyó en 1483. También denominado castillo de Sotomayor, el nombre de esta dinastía se repite en sus anales. Alfonso de Sotomayor y su esposa, Elvira de Zúñiga, fueron sus promotores, particularmente esta última, tras la muerte de su marido en 1464. La obra se levantó sobre una medina de época emiral con el fin de pertrecharse contra los nobles cordobeses que disputaban sus tierras al matrimonio.

Al igual que otras fortificaciones bajomedievales, el castillo de Belalcázar se organiza en torno a un edificio cerrado, flanqueado por ocho torres de planta cuadrada y con un patio central con aljibe. Alrededor de este, se distribuyen las estancias residenciales. Almacén de intendencia francés durante la guerra de la Independencia, sus torres fueron desmanteladas y, en la actualidad, cuenta con la consideración de Bien de Interés Cultural. La visita, guiada y de carácter gratuito, nos llevará una hora y media.

Castillo de Luque

Tras una costosa rehabilitación, el castillo de Luque, también llamado de Venceire, reabrió sus puertas a la ciudadanía en junio de 2024. Construido en el siglo IX como un modesto bastión, el nombre del legendario Omar ibn Hafsún sobrevuela el risco donde se asienta y al que se adapta su planta irregular. Y es que fue posiblemente uno de sus aliados, Said ben Mastana, quien dispuso su refuerzo y ampliación en el siglo X. Las reformas acometidas entre los siglos XIII y XIV le proveyeron de su personalidad actual, con la reconstrucción de las murallas y la erección de la torre del homenaje.

Durante la Edad Media, supo ejercer un férreo control entre la frontera castellana y la del reino nazarí de Granada, tras ser tomado por Fernando III el Santo por medio de un pacto. Entre sus elementos sobresalen sus aljibes califales y un inteligente sistema de captación de agua, mientras que la ya citada torre del homenaje, al norte, y otra al sureste despuntan en sus lienzos de muralla. Desgraciadamente, su abandono en el siglo XVIII aceleró su declive.

Infranqueable por tres de sus lados, su rehabilitación ha limpiado y consolidado sus torres, le ha devuelto el volumen perdido por el paso del tiempo y ha facilitado los accesos a este sensacional activo turístico de la Subbética Cordobesa.

Castillo de Zuheros

Al sureste de la provincia cordobesa, en pleno Parque Natural de las Sierras Subbéticas, Zuheros semeja una isla de casas blancas sobre un piélago de olivares. En uno de sus extremos, el castillo, enclavado sobre un peñón calizo irregular, añade su particular toque a ese paisaje de cuento.

Un aljibe islámico delata la época de su construcción –siglo IX–, coincidiendo con la llegada al lugar de la tribu de los Banu Himsi, que puso el ojo en una zona de peñascos a la que llamaron Sujayra. Ampliado por los almohades, que levantaron el torreón prismático y una cinta amurallada, la conquista de Fernando III el Santo en 1241 lo transformó en un puesto de defensa fronterizo, que se beneficiaba, además, de la protección natural de un acantilado al norte y al oeste. En el siglo XV, se agregó el palacio renacentista, hogar de los señores de Zuheros, lo que, inevitablemente, modificó la fisonomía del conjunto. Extinguido ese señorío en el siglo XVIII, el recinto se resignó a su condición de cantera para la construcción de nuevas viviendas.

Sin duda, ningún viajero podrá olvidar las vistas del pueblo y los bosques desde su torre del homenaje, sometida, como el resto del complejo, a una profunda rehabilitación en los años sesenta del pasado siglo.

Castillo de Cabra

El centro concertado San José de Cabra, de las madres escolapias, tiene su sede en esta fortaleza del siglo IX. Su elemento más visible es la torre del homenaje, que se eleva hasta los veinte metros y en cuya parte inferior se encuentra el Salón Redondo, una cámara con bóveda ochavada de estilo neomudéjar. Tales eran en su día las dimensiones del recinto, que su plaza de armas podía albergar hasta diez mil hombres, ufanos bajo el adarve y las dieciocho torres que presentaba el doble muro.

Según algunos autores, Enrique II de Castilla, el Fratricida, vio la luz en este castillo, a la sazón propiedad de su madre, Leonor de Guzmán, la favorita de Alfonso XI. Corría el año 1334 y el castillo cargaba ya con un largo historial a sus espaldas: duelos al sol entre taifas –la de Granada y la de Sevilla, esta última respaldada por el Cid Campeador–, conquista cristiana a manos de Fernando III, dominio de la Orden de Calatrava… Con posterioridad, Boabdil penó tras sus muros su derrota en la batalla de Lucena (1483), fue residencia de los condes de Cabra –el primero de los cuales encerró aquí a su primo, el Gran Capitán– y hasta convento franciscano. Este, fundado por el IX conde de Cabra, Antonio Fernández de Córdoba, alberga una de las obras señeras de Juan de Valdés Leal, Visión de San Francisco en la Porciúncula.

Castillo de Priego de Córdoba

Un siglo después de la conquista de esta plaza por Fernando III el Santo, quien destruyó el castillo primigenio, esta cayó en manos del enemigo por la traición de un escudero. Sin embargo, el reino nazarí de Granada fue capaz de retener la fortaleza solo catorce años, hasta que Alfonso XI se hizo con ella en 1341, en un constante toma y daca entre cristianos y musulmanes.

El mismo Alfonso reforzó las murallas de esta antigua alcazaba islámica del siglo IX, antaño disputada por Omar ibn Hafsún y que, a mediados del siglo XIII, pasó a manos de la Orden de Calatrava. Fueron estos caballeros quienes levantaron la torre del homenaje, o torre Gorda, una estructura de 30 metros descentrada en el patio de armas y dividida en tres plantas; la primera, un aljibe; la segunda, un almacén; y la tercera, una residencia, comunicadas entre sí mediante una escalera de caracol.

Donado a la ciudad en 1996, tras permanecer en manos privadas desde el siglo XIV, el castillo nos cautiva por su perímetro amurallado de tendencia pentagonal, flanqueado por varias torres cuadrangulares y una cilíndrica. La entrada se sitúa en el lado sureste y, dentro de la cerca, se reconocen dos aljibes y un espacio cuadrangular de dos plantas en el que, posiblemente, se ubicaran las caballerizas.

Castillo de Ashar (Iznájar)

“Hisn ashar” o, lo que es lo mismo, “castillo alegre”, en el sentido de pendenciero. La etimología nos pone sobre la pista de Iznájar, un municipio de la Subbética a orillas del río Genil, que, en efecto, cuenta con un castillo en lo alto del barrio de La Villa…, no sabemos cómo de alegre o pendenciero.

Sus primeros pasos parecen remontarse a mediados del siglo VIII, pero, como es natural, lo que vemos hoy es el corolario de un sinfín de reformas y ampliaciones que, en líneas generales, llegaron hasta el siglo XV. Los nombres de Omar ibn Hafsún, Abderramán III, Pedro I el Cruel y Muhammed V se leen en su agitada biografía, que no alcanzó a sentar la cabeza hasta que las tropas del adelantado mayor de Andalucía, Diego Gómez de Rivera, ganaron la fortaleza a los nazaríes en 1433. Ya en manos de los cristianos, fue vivienda de los duques de Sessa y, tras su abandono a comienzos del siglo XX, fue declarado Bien de Interés Cultural en 1993 y restaurado en 2007.

En nuestro recorrido, guiados por atinados paneles explicativos, alzaremos la vista a cuatro torres, entre ellas la que se considera del homenaje, y la bajaremos para apreciar un aljibe de grandes dimensiones en el patio de armas.